RÃo perdido
RÃo perdido —Podrá ser muy divertido para otros, especialmente para un espantapájaros como ese Sewell Macadam, pero no lo es para nosotros. Es grande y es terrible para los dos y tal vez en ello encontraremos nuestra salvación.
—¡Ajá! Ya vas siendo razonable. No olvides nunca lo que acabas de decir, Ben… Y ahora, basta ya de palabras. Vengan esos cinco. Venceremos o moriremos.
Las vibrantes palabras de Nevada, la tensión de sus facciones, el fuego de sus ojos conmovieron profundamente a Ben. Sus manos se enlazaron con férrea fuerza.
—Ahora, Ben, es seguro que vamos a jugárnoslo todo —dijo Nevada volviendo a mostrarse natural.
—¿Ah, sÃ? —preguntó Ben con un dejo de ironÃa, pero emocionado.
—¿Cuántos caballos tienes en los pastos del rÃo?
—Cuarenta cabezas. ¿Qué hay de ellos?
—¿Cuánto valen?
—No los venderÃa.
—Claro que sÃ. Tendrás que venderlos pronto. Dime ¿cuánto sacarÃamos en Klamath?
—A cien dólares por cabeza, tal vez más. Cualquier tratante de ganados, al verlos, sabe que valen doscientos dólares.
—¡Muy bien! Me lo figuraba, pero no estaba seguro. Bueno, ¿de cuántas cabezas puedes prescindir?