Río perdido
Río perdido Tanto Ben como Nevada tenían grandes deseos de ver la trampa de la que Modoc les hablara con tanta seguridad, mas el indio aconsejóles que esperasen un momento más favorable. El poco viento que soplaba aún favorecía a los caballos. Sin embargo, a la caída de la tarde el viento giró hacia el Oeste, haciéndose más fuerte. Modoc, al advertirlo, cogió un hacha y algunos clavos largos y, rogando a sus camaradas que le siguiesen, emprendió la marcha a pie.
El indio salió del bosque por la parte que daba sobre los campos de lava. Éstos aparecían ante los cazadores como un lago tumultuoso, petrificado de pronto, y de siniestro aspecto. Aunque líquido un día, ahora estaba duro como el acero, formando toda suerte de hendiduras, crestas, cuevas, fisuras y rajas. Aquí y allá crecían pinos entre las fisuras, al parecer sin tierra donde echar raíces. Muchos de los pinos habían muerto hacía poco y otros empezaban a volverse amarillos en la punta de las copas, señal de falta de agua en las raíces.
Al avanzar los cazadores dificultosamente por el camino, lo abrupto de la corriente de lava suavizábase poco a poco; en cambio, los grandes huecos formados por las burbujas agrandábanse más y más, multiplicando al mismo tiempo su número. Ben se asomó a cavernas tan enormes que en ellas hubiera cabido una catedral entera.
