Río perdido

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VIII

Poco después del altercado con el padre, Ina recibió la visita de su madre.

—Se ha marchado, hija mía; no recuerdo haberle visto nunca tan furioso y aturdido al mismo tiempo —dijo con inconsciente satisfacción.

—Aún estoy temblando, mamá —repuso Ina sonriendo—, pero las cosas habían llegado ya a su límite. Estaban madre e hija sentadas en el escalón que formaba el porche de la tienda y desde allí veían muy bien las cabañas del rancho. Blaine y Macadam estaban ante una de ellas y era fácil interpretar la conversación por los ademanes despreciativos del hacendado y los furiosos del petimetre. Lo que más asombró a Ina fue que su padre volviese de pronto la espalda a Macadam, entrando en la cabaña.

—Hart sabe ser muy terco cuando se enfurece —observó la señora Blaine como hablando consigo misma.

—A mí me extraña, mamá, que ese majadero no haya soliviantado antes a papá —repuso Ina riendo.

—Tu padre tiene mucha paciencia cuando hay que considerar la cuestión del dinero.

—Temo que sé haya metido mucho con los Macadam.

—Blaine se ha liado con todos en ese sentido, sobre todo con ese Setter —afirmó la madre amargamente—. Está cambiado. No quiere escucharme. Hemos sido pobres tanto tiempo que, cuando ha llegado la suerte, el dinero le trastornó.


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