Río perdido
Río perdido Ben y Nevada detuviéronse al llegar al pie de la ladera, mientras que el indio siguió avanzando hasta la boca de la cañada en busca de huellas. No había llegado aún a la mitad del camino cuando levantó un brazo y señaló luego la superficie del agua verdosa. Ben y Nevada encamináronse hacia el lago, dándose pronto cuenta del olor nauseabundo de las carnes podridas. A poco vieron en la vecindad del lago muchos cadáveres, que resultaron ser ciervos. Llevados por la terrible sed, los animales habían bebido el agua venenosa.
Modoc señaló las huellas de los caballos, que, en dos puntos, iban a la balsa maldita, como si varios caballos se hubiesen aproximado a ella para dar inmediatamente la vuelta.
—Ningún caballo beber allí —dijo Modoc, y empezó a rodear el lago hasta encontrar las huellas de los bandidos, que iban en dirección al Norte.
Habían pasado pocas horas desde que cruzaron la orilla del lago, y Ben opinó que convendría avanzar con mayor lentitud, a fin de que los bandidos no se diesen cuenta de la estrecha persecución de que eran objeto. Descansaron, pues, en la primera extensión de artemisa que encontraron; comieron un poco, dieron agua y forraje a los caballos y encincharon las sillas de montar. Poco después avanzaron de nuevo, teniendo de frente el viento seco y fragante de resina y artemisa.
A la puesta del sol acamparon entre los pinos.