Río perdido

Río perdido

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La vereda, de considerable extensión, en nada había cambiado. Ina reconoció fácilmente los árboles y arbustos que formaban, junto con las rocas, el borde del camino. Mirando hacia atrás, vio que la colina verde ocultaba a medias la casa blanca, y vio también el conjunto de graneros, nuevos y viejos, que había en la hermosa y fértil plana que antes era un pantano cubierto de agua. Advertíase la primavera en el aire de la mañana. Bandadas de pájaros volaban de una a otra copa de los árboles. Desde lejos oíase el graznido de los patos silvestres: Más allá de la verdeante plana empezaban las eminencias de lava que poco a poco convertíanse en colinas y montes, y más lejos aún, el color de bronce oscuro de la lava trocábase en el profundo verdor de los bosques de pino. Y encima de todo, en majestuosa altura, erguíase el monte Shasha, de blanca cima, penetrando cual alba nube en el claro azul. Hacia el Sur y el Este, las laderas de artemisa gris de las montañas obstruían el camino a la selvática región del otro lado. Ina respiro profundamente, sintiendo la íntima alegría que le produjo el colorido del paisaje, la fragancia de la vegetación y la música de los seres, la dulce libertad de aquella hacienda rodeada de abruptas montañas. Su corazón es taba rebosante. Allí había nacido. Los dulces y tristes re cuerdos de su infancia surgieron vivos en su memoria. Comprendía ahora que en nada había cambiado. Todo lo que aprendiera y estudiara, sólo había servido para fortalecer los lazos que la unían a las sencillas expresiones de la naturaleza de aquel ambiente.


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