RÃo perdido
RÃo perdido Luego, a fuerza de costumbre, contempló la vasta extensión montañosa, tan suave y bellamente gris y purpúrea en la luz de la mañana. Y allà no sufrió ninguna decepción, pues muy visibles se hallaban nueve caballos salvajes, dos de ellos de maravillosa blancura y los restantes todos negros. VivÃan en aquella ladera del monte. HabÃan permanecido allà los cuatro años que BenjamÃn vivÃa ya en la región del RÃo Perdido. Durante el primer año habÃales dado caza, tanto para divertirse como con intención de beneficiarse con su captura. Sin embargo, siempre lograron escaparse, y como no era posible echar los de aquella enorme ladera, los dejó en paz, gozando desde entonces con contemplarlos nada más. Durante las nieves, jamás se alejaban de la ladera, y en el verano bajaban al lago para beber, pero sólo de noche. SeguÃan siendo siempre nueve caballos y jamás admitÃan entre ellos a ninguno extraño.
BenjamÃn Ide se emocionaba sólo con verles y les dirigÃa alegres gritos como si estuviesen tan cerca como sus propios caballos en el corral. Le encantaba su belleza y la libertad en que se movÃan. Los comprendÃa. Eran como águilas. Su vista alcanzaba a gran distancia y sabÃan distinguir entre seres amigos y enemigos. Los años vividos en las selvas les habÃan dado experiencia.
