Senda de héroes
Senda de héroes Sterl y Red emplearon el resto de aquel día tan prometedor en la gran tienda-almacén, haciendo compras para un viaje de dos años al otro lado de la frontera. La adquisición de unas sillas de montar inglesas y de dos magníficos fusiles, de la misma procedencia, que venían a complementar el Winchester del 44 de Sterl, rompió el hielo de la austeridad habitual para dar paso a una orgía de despilfarro.
Fue preciso un carromato para transportar los pertrechos al cercado que les habían designado anteriormente, situado en las afueras de la ciudad. A media tarde tenían ya todas las compras estibadas en la parte delantera de una carreta nueva, con su equipaje encima de todo y las mantas extendidas. Previamente, sin embargo, habían cambiado sus ropas de viaje por el acostumbrado y cómodo atuendo de los vaqueros. Sterl no se había sentido tan a sus anchas en mucho tiempo. ¡El pasado no volvería! El tiempo aquel en que una oleada de conflictos contendía con otra nueva, había terminado. Desde aquel momento en adelante, sería feliz y olvidaría.
Los dos amigos habían empezado a trabar conocimiento con uno de los hombres del equipo de Slyter, un tipo corpulento de cara angulosa, que les llevaba algunos años, quien anunció que se llamaba Roland Tewksbury Jones. La reacción de Red ante tal apellido fue característica.
