Senda de héroes
Senda de héroes —Es un gran rÃo. Seguramente el Diamantina. No puedo precisar la distancia; veinte millas, o quizá menos. Eric Dann exclamó, descorazonado:
—¿Veinte millas?! Dos dÃas de camino! Tendremos una pérdida enorme.
Ormiston maldijo como un condenado, desahogando de un modo ostensible su rabia en Sterl, como si el vaquero pudiese ser culpado de una horrenda calamidad. Éste no se dignó advertir su presencia, y se dirigió solamente su jefe: —Podemos hacerlas en una etapa.
Ormiston hizo una furiosa oposición, que Stanley Dann, sin embargo, no se tomó la molestia de combatir. Sterl se esforzó en convencer a los disgustados y casi desesperanzados vaqueros consiguiendo que se callaran todos excepto su desentonado contradictor.
—¡Usted es un desorganizador! —le espetó Sterl con voz frÃa y acerada—. ¡Usted se alegra de todo lo que nos entorpece! ¡O se calla, o le hago callar yo!
Ormiston recibió la amenaza con aire adusto. Stanley Dann preguntó:
—¿Cómo deberÃamos realizar esta larga etapa hasta encontrar el agua?
—Hay que andar lentamente todo el dÃa, dejando que la manada se mueva a su antojo durante las horas más cálidas; en cambio, después de la puesta del sol, hay que acosarlos. Y cuando caiga el rocÃo, entonces pueden avanzar sin desmayo.