Senda de héroes
Senda de héroes En la mañana del veinticuatro de diciembre, la víspera de Navidad, la caravana de Stanley Dann llegaba lenta y trabajosamente a las confluencias que engrosaban el Diamantina, donde quedaría detenida hasta después de la estación de las lluvias.
A causa del terrible calor, de la atascarte arena y de haber encontrado las hoyas de agua en el fondo de estrechas depresiones, casi insalvables para el ganado, las últimas cincuenta millas de aquella etapa se convirtieron en una lucha poco menos que insostenible. Las señales de humo precedían todavía a los expedicionarios, y todavía cerraban tras ellos hordas de indígenas.
Dann escogió para emplazamiento de su campo permanente la orilla occidental del río, algo más arriba de la unión de las diversas ramas, cuyas altas márgenes descendían verticalmente hacia los secos lechos de roca y arena con balsas de agua notablemente distanciadas. El calor iba absorbiendo el liquido con gran rapidez y los pájaros y animales rodeaban en gran número las balsas, que en pocas semanas quedarían secas. Pero más abajo de la confluencia se encontraba el depósito mayor, una hoya estrecha de una milla de longitud, protegida, en parte, por la sombra, que duraría hasta la próxima estación lluviosa. En aquel paraje, a excepción de algunos trozos arenosos, crecía la hierba con gran abundancia.
