Senda de héroes
Senda de héroes Truenos! ¡Truenos profundos, detonantes, prolongados! Krehl se acercó al extinto fuego con la cabeza levantada como un ciervo que estuviera escuchando. ¡Y de nuevo un rodar de truenos que hacía estremecer el corazón!
—¿Los has oído? —preguntó.
—Ciertamente. Esta noche son de más volumen, más fuertes.
La figura de Friday surgió, como nacida del suelo, con su paso muelle, negra como la noche. Alimentó la lumbre con dos leños colocados en cruz, se agachó, dejó las armas en tierra y se quedó inmóvil como una estatua de mármol negro. Friday era capaz de dormir en cualquier postura y a cualquier hora. Sterl le había sorprendido durmiendo de pie y sosteniéndose sobre una sola pierna, como una grulla de los arenales.
Dentro de la tienda, mientras se ponía las botas, Sterl preguntó a su compañero:
—¿Qué fue lo que te dejó tan cariacontecido, amigo? Red exhaló un suspiro.
—Esta noche, la cosa ha sido algo peor, Sterl. Tenía el revólver a punto para matar a Ormiston, cuando el primer estallido de truenos me hizo recobrar el sentido.
Sterl llenó a su camarada de vigorosos improperios, que tuvieron la virtud de hacer callar a Red y desahogarle a sí mismo de los alborotados sentimientos que le agitaban.
