Senda de héroes

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Las garzas reales no eran nuevas para Sterl, pero los ibis, los pájaros espátulas, los airones, jaribus y otras zancudas fueron para él motivo de continua maravilla y admiración. El número de ellas parecía increíble. Eran pájaros enormes, altos como un hombre, del tipo de las cigüeñas, el cuerpo casi por completo gris, con grandes manchas rojas en la cabeza y grandes picos.

Sintiéndose soñoliento a causa de tanto mirar, Sterl cambió el sitio con Red y se puso a dormir. Fue despertado por unos agudos gritos y al abrir los ojos y sentarse vio que era su amigo quien los profería, levantando los brazos con exagerado ademán.

—¡Avestruces...! ¡Avestruces negros! —gritaba el pelirrojo, fuera de sí—. ¿Quién lo habría imaginado...? ¡Maldita sea mi estampa...! Despiértate, Sterl. Te dejas perder algo que vale la pena.

Sterl no tuvo necesidad de seguir el brazo extendido de su compañero para descubrir una fila de aves negras de largo cuello y largas patas, que atravesaban a gran trote el camino.

—Son emús —aclaró el conductor lacónicamente—. En el interior uno tropieza a cada paso con ellos.

Pero Red, que en la pradera americana se había distinguido, incluso entre vaqueros y jinetes de ojos de halcón, por su agudeza visual, exclamaba ahora señalando en otra dirección:


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