Senda de héroes
Senda de héroes —¿Qué dices tú, Red? interrogó a su vez Sterl.
—Allá, muy cerca de aquellos árboles, en el sitio más apartado del campo libre. Os oiremos cuando nos llaméis.
Cuando una leve mano se posó en su hombro y llegó a su oÃdo la voz de Friday, Sterl experimentó la sensación de que no habÃa tenido los ojos cerrados más que un momento.
—,?Todo va bien, Friday? —preguntó.
—Todo bien. Pronto mal —replicó el negro.
Red se habÃa sentado poniéndose la misma chaqueta que usara para almohada. El rocÃo lo empapaba todo. La luna habÃa huido al otro lado del cenit y empezaba a descender como una brasa de blancura sobrenatural. El campo parecÃa una llanura de nieve, Sobre la tierra virgen reinaba una quietud espectral. Hasta los mosquitos habÃan desaparecido.
Junto al fuego del campamento los tres vaqueros a quienes iban a relevar estaban sentados bebiendo té.
—¿Cómo va la cosa, Ben? —preguntó Red.
—Los bueyes están echados. Los caballos siguen tranquilos. Nada se mueve. No se oye nada.
El rebaño resaltaba como un tablero de damas sobre el campo de plata. Los vaqueros pasaron al lado de las manadas de caballos, la mayor de las cuales, la de Dann, estaba agrupada entre los bueyes y el campamento.