Senda de héroes
Senda de héroes Sólo Friday, el negro, sabía explicar cómo sucedió que los caminantes llegaran al oasis desde el campamento en que Beryl estuvo a las puertas de la muerte durante la tormenta de polvo, y su limitado vocabulario no le permitió una descripción detallada.
—Muchas lunas —repetía el índigena con aire perplejo. Y señalando hacia el Este y dibujando en el suelo una línea muy larga, muy irregular, añadía—: Ningún negro, ningún canguro, ningún goama. Esta región no ser buena. Mucho sol, Calor de infierno. El blanco pensar morir. Huir mucho caballos. El blanco sentarse. Sin agua. Friday encontrar agua.
Buscar un día, dos días, llegar a una balsa. Volver atrás. Hacer ir a los otros.
Era para Friday una larga disertación. Sterl ordenó sus diversas piezas y llenó los intersticios. La mente del vaquero parecía ser una confusión laberíntica de visiones vagas y de sensaciones pasadas, de sol ardiente y de áridas inmensidades, de ruedas girando, girando rodando sin cesar, de campos todos iguales, de espejismos fantasmagóricos, de la infernal monotonía de las distancias y, finalmente, caras que se esfumaban, voces que se confundían, imágenes que se apagaban, una sed abrasadora y una locura por el agua.
