Senda de héroes
Senda de héroes S i Ormiston llevaba algún arma escondida, no hizo ningún movimiento para sacarla.
La mano de Sterl se habÃa deslizado hacia el costado.
—No quiero liarme a tiros con un vagabundo yanqui —jadeó el australiano.
—No. Pero no se contiene para golpear a un pobre negro cuando está en el suelo —replicó Sterl.
—¡Vaya! ¡Vaya! —exclamó Red con una risa frÃa, sin regocijo y llena de escarnio, al mismo tiempo que volvÃa a dirigir una mirada de reojo al costado de Sterl—. Es usted muy meticuloso en ver delante de quién saca un arma, ¿verdad, mÃster Ormiston? Bien, en esto demuestra, tener buen sentido.
—¡Dann, usted es magistrado aquÃ! —gritó el aludido—. Mande que esos yanquis salgan de la ciudad.
—Ya le dije antes que está borracho —replicó Dann—. Usted suscitó una querella y después no pudo sostenerla airosamente.
—No, yo no fui. Solamente golpeé a ese fastidioso negro. Es el yanqui quien buscó camorra... Y no quiero enredarme en una pelea a tiros con un vagabundo extranjero —replicó Ormiston precipitadamente y con voz ronca.
—Señor, ¿por qué no saca esa pistola que le veo debajo de la chaqueta? —masculló Red.
—Dann, ordene que se marchen estos yanquis —insistió Ormiston con voz estridente.
