Sombreros gemelos
Sombreros gemelos En el extremo oriental, la hoguera del sol saliente brillaba en el horizonte e inundaba la tierra de una luz suave y rosada. Una inmensa pradera gris se extendía ondulantemente en dirección al Norte. Las manchas aisladas de unas reses y los grupos constituidos por otras dominaban el paisaje. Unas columnas de humo se elevaban sobre el verdor de los campos, y unas casas, blancas o rojas, indicaban la situación de Las Ánimas. Evidentemente, la población había crecido mucho desde la última «estancia de Brazos, seis años antes, o acaso algo más. En aquella época el ferrocarril en construcción apenas había llegado hasta ella.
Brazos preguntó al jinete que se hallaba a su izquierda cuál era la población de Las Ánimas, pero no recibió respuesta alguna. El pelotón parecía compuesto por hombres ariscos y poco inclinados a hablar.
—Oiga, compañero —dijo dirigiéndose al joven que marchaba a su derecha—, ¿es muy grande Las Ánimas ahora?
—Es una ciudad muy grande. Creo que tiene unos dos mil quinientos habitantes —contestó el otro cortésmente.
—¡Demonios! ¡Eso es casi una gran metrópoli! ¿Continúa siendo ciudad abierta, como siempre fue?
—Por completo. Solamente estoy allí desde hace un año. Según dicen, ahora se ha detenido su desarrollo.