Sombreros gemelos
Sombreros gemelos La cena fue servida a medianoche para la gente joven en el ancho pórtico y en el amplio saloncito de la casa ranchera para las personas de más edad. Brazos tomó su comida en pie, como en millares de otras ocasiones había hecho junto a algún carro en el Camino Viejo.
Los bailadores regresaron muy pronto al granero, atraídos por las cadencias de la música. Brazos los observó desde el pórtico, un poco ansiosamente, en tanto que se preguntaba cuándo iría June a buscarlo. Entonces, una blanca mano se introdujo entre la suya.
—¡Vamos, vaquero! —le dijo una voz retadora.
—¡Ah! ¡Ya has venido! —exclamó Brazos.
—¡Pronto! ¡Me siguen! ¡Corre! —dijo ella, riéndose. Y le condujo hacia los pinos, en lugar de hacerlo al salón de baile. Un momento después ambos estaban fuera del alcance de la vista de los que se hallaban en la casa ranchera; y un momento más tarde, donde casi no les era ya posible oír el alegre zumbido de la fiesta. Y pasearon cogidos de las manos. El corazón de Brazos parecía hallarse próximo a estallar. No había necesidad de hablar. Los pinos cerraban con sombras los claros del bosque. La muchacha se detuvo para mirar a Brazos de frente, pero no retiró la mano.