Sombreros gemelos
Sombreros gemelos Brazos la besó, y tembló al hallarse a orillas de lo desconocido. Ella se inmovilizó ante él, blanca y esbelta, envuelta en el plateado resplandor, con la mirada fija en él, con los labios entreabiertos.
—¡No me mires de ese modo, chiquilla! ¡Dijiste que sí!
—También dije: ¡Demasiado poco!
Brazos no se sintió ya cohibido. Estrechó a la joven entre sus brazos, pero no volvió a besarla. No obstante, ella se alejó un poco secamente de su contacto.
—¡Dime que te casarás conmigo! —demandó Brazos repentinamente envalentonado y fortalecido, dando rienda suelta a su reprimida emoción.
—¡Ah! —susurró ella. Y como si las fuerzas la hubiesen abandonado, se dejó caer contra el pecho de él. Brazos la apretó contra sí e inclinó la cabeza para apoyar la mejilla en su fragante cabello.
—¿Te ha sorprendido mi petición, querida?
Ella movió la cabeza suavemente, de un modo que Brazos interpretó como una afirmación.
—¡Pues no debería sorprenderte!
—¿Quién puede estar segura... de Brazos Keene? —susurró la mujer.
—Tú deberías estarlo... ¡Te quiero terriblemente, chiquilla...! ¡Dime que me quieres!
—¡Te... adoro!
—¿Cuándo nos casaremos?