Sombreros gemelos
Sombreros gemelos A pesar de la gravedad de sus emociones, Brazos no podía impedir que el campo abierto y la soledad ejercieran su habitual influencia sobre él. Había un algo curativo en la hierba ondulante, en la humedad de los terrenos pantanosos, en las grises llanuras, en las serpenteantes orillas del río, bordeadas de árboles, en las distantes tierras altas. El otoño, su estación favorita, le acogía con su brillante y dorado «veranillo indio». La seca y fragante brisa que le acariciaba el rostro; el equilibrio de las águilas y el saltar de las liebres; la huida de los ciervos hacia las espesuras; el gradual desvanecimiento en la distancia de las manadas de ganados; el alentador color que iluminaba las lejanías; el olor del polvo, que en algunas ocasiones se elevaba de los incansables y ruidosos cascos de Bay; la arboleda de algodoneros en que algunas veces había ayudado a colgar a un ladrón de caballos; la sutil esencia de la hermosa tierra que tanto había significado en su vida..., todo ello influyó sobre él más y más hasta que su antigua filosofía volvió a apoderarse de él y la razón le presentó con claridad el cambio de su vida y le hizo ver que solamente podría tener motivos de agradecimiento y placer para su maravilloso recuerdo, aun cuando le hubiera desgarrado el corazón.