Una Mujer indomable

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IV

Huett, quien no era frecuentemente presa de fuertes emociones, esperaba que Lucinda compartiese su alegría por la feliz llegada al desfiladero que había de constituirse en su hogar; pero se vio en cierto modo decepcionado al observar el pálido semblante de su esposa y la extraña mirada que dirigía más allá de los pinos para ver detrás de ellos. La joven no pronunció palabra, y Logan comprendió que los vagos temores que había abrigado respecto al modo como ella reaccionaría ante el Desfiladero del Sicómoro estaban justificados. Pero —pensó también —las mujeres son incomprensibles para los hombres.» ¿Qué importancia podría tener en realidad el hogar en que ambos comenzasen a vivir sus vidas conjuntamente? Lo importante era que estaban juntos, casados, que se hallaban ante un gran proyecto. Logan disimuló su decepción.

—Ven, ven conmigo. Apresurémonos —dijo mientras la ayudaba a bajar del carro—. Descansa un poco. O acaso sea preferible que pasees un poquito.

Voy a preparar la cena en un instante.

En tanto que ella se alejaba caminando lentamente, sin mirar ni ver, Logan experimentó compasión por Lucinda. Pero ¿qué había hecho él que no fuese acertado? Aquél era el lugar más hermoso que viera en toda su vida.


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