Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Lucinda Miraba la nieve giróvaga. Eran las últimas horas de una tarde invernal. Un brillo como de acero, tenue, se encendía sobre las alturas occidentales del desfiladero, y unas negras manchas se destacaban en la ladera meridional, donde una parte de la nieve se había derretido. Los pocos copos secos descendían en círculos. El viento gemía incesantemente entre los pinos. Durante todos aquellos meses de invierno, el viento había constituido la más cruel de todas las duras pruebas de Lucinda. Y Lucinda lo odiaba y lo temía. El viento la amedrentaba continuamente con el espectro de la soledad y el aislamiento. Cuando el rey de las tormentas rugía en la zona Norte, solía ponerla frenética. Y en las horas de la noche, cuando Logan dormía junto a ella como un lirón, el viento podría ser soportable; pero Lucinda no podía abstenerse de escucharlo. Generalmente, llegaba un débil murmullo; luego, un gemido un poco más fuerte. Y el gemido se hinchaba, aumentaba de volumen entre los pinos y se convertía en un rugido terrible.
Lucinda percibía como la cabaña se movía sobre las bases de los grandes pinos oscilantes. El rugido continuaba corriendo y llegaba desde la distancia como un sollozo.
