Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Llegó septiembre con su dorado manto de flores otoñales y sus purpúreos macizos de ásteres. La intensidad del calor comenzó a ceder el paso a las noches frescas.
Holbert había llevado a Lucinda un regalo cortés en forma de gallina clueca y de una docena de huevos, los cuales juró que en aquellas campiñas valían tanto como su peso en oro. Lucinda observó ansiosamente a la gallina, y cuando los doce peludos polluelos partieron los cascarones, su alegría no tuvo límites. En ella había despertado una profunda satisfacción y un gran amor por el nacimiento de las cosas vivas. La gallina constituyó para ella un animalito que la llenó de cariño, y mantuvo a los pequeñuelos en las cercanías de la cabaña. Lucinda temió que los animales de rapiña se apoderasen de los pollitos, y encerraba a la diminuta familia tan pronto como comenzaba a ocultarse el sol.
