Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Una tarde del temprano otoño, Logan volvió de la parte baja del desfiladero con el rostro pálido y la indignación reflejada en la gris coloración de los ojos. No dio explicación alguna, y Lucinda pensó que sería preferible no hacerle preguntas.
Lucinda sabía que había sucedido algo anormal; pero sin denunciar su curiosidad, se dio maña para observar algunas cosas que le produjeron una frialdad de hielo en las venas. ¡Había sangre en las manos de Logan, quien tenía un agujerito de bala en la camisa! Logan volvió a salir casi inmediatamente y llevó el rifle consigo; mas en lugar de descender al fondo del desfiladero, trepó hacia la parte alta, que estaba cubierta de arbolado.
Puesto que sabía que habría sido infructuoso el propósito de detenerlo, no intentó hacerlo; y se desasosegó menos al verlo dirigirse hacia el terreno arbolado que si lo hubiera visto marchar hacia la zona descubierta.
¡Logan ha recibido un tiro!», se dijo; y experimentó una súbita sensación de debilidad, de desmayo, que acertó a borrar por medio de un esfuerzo de voluntad. Una intuición nefasta y ominosa se apoderó de ella... «¡Aquel apache...! ¡Matazel...!»
