Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Una cálida mañana soleada, cuando la nieve se derretÃa, Logan estaba clavando en la pared de la cabaña una piel gris de lobo.
A George no le interesaba la operación. Ya estaba harto de lobos. Pero Abe se hallaba junto a su padre.
—Papá, ¿dónde lo heriste? —preguntó el chiquillo al mismo tiempo que metÃa un dedo en el agujero que tenÃa la piel.
—No fue ahÃ, hijo. Ese orificio es el que le hizo tu madre cuando le golpeó con la horquilla. Aquà es donde yo lo herÃ, Abe.
—¡En el mismÃsimo centro! —comentó maravillado Abe. jamás olvidaba ni una sola de las palabras que su padre pronunciaba que estuviesen relacionadas con animales, escopetas o el bosque.
SÃ, hijo. Pero el lobo no estaba corriendo porque tu madre lo habÃa herido antes. Y por esta razón, no merezco muchas alabanzas... Ahora vamos a frotar la piel con sal... Luce, tráeme una taza llena de sal.
Lucinda salió seguida de los chiquillos más pequeños.
—Esposa, rompiste mi única horquilla al acometer a este «hombre» —dijo Logan en son de queja.
—¡Es cierto! —respondió Lucinda, estremecida. Aún no habÃa conseguido recobrarse por completo del horror que le inspirara el ataque de los lobos.
