Una Mujer indomable

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IX

Una cálida mañana soleada, cuando la nieve se derretía, Logan estaba clavando en la pared de la cabaña una piel gris de lobo.

A George no le interesaba la operación. Ya estaba harto de lobos. Pero Abe se hallaba junto a su padre.

—Papá, ¿dónde lo heriste? —preguntó el chiquillo al mismo tiempo que metía un dedo en el agujero que tenía la piel.

—No fue ahí, hijo. Ese orificio es el que le hizo tu madre cuando le golpeó con la horquilla. Aquí es donde yo lo herí, Abe.

—¡En el mismísimo centro! —comentó maravillado Abe. jamás olvidaba ni una sola de las palabras que su padre pronunciaba que estuviesen relacionadas con animales, escopetas o el bosque.

Sí, hijo. Pero el lobo no estaba corriendo porque tu madre lo había herido antes. Y por esta razón, no merezco muchas alabanzas... Ahora vamos a frotar la piel con sal... Luce, tráeme una taza llena de sal.

Lucinda salió seguida de los chiquillos más pequeños.

—Esposa, rompiste mi única horquilla al acometer a este «hombre» —dijo Logan en son de queja.

—¡Es cierto! —respondió Lucinda, estremecida. Aún no había conseguido recobrarse por completo del horror que le inspirara el ataque de los lobos.


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