Una Mujer indomable
Una Mujer indomable —¡Hum! ¡Vaya si lo montaré! —declaró extasiado George.
Abe nada dijo, pero la alegrÃa que expresaron sus ojos fue elocuente.
—Atad los caballos a la cerca y ayudadme a descargar el carro —continuó Logan.
Al cabo de un momento, el propio Logan levantaba un grueso fardo hecho de arpillera cosida y lo arrojaba a los pies de Lucinda.
—Para ti y para Bárbara... Todo lo que incluiste en tu lista... y todo lo que se me ocurrió comprar.
Bárbara grité entusiasmada y empujó el fardo; pero no pudo ni siquiera comenzar a moverlo. Lucinda se habÃa quedado muda, no tanto por efecto de la sorpresa y del placer como de ver la desacostumbrada alegrÃa de su esposo. Y no cesó de observarlo.