Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Logan Huett no llevó cuenta del paso de los años. No los contó, pero vio que sus hijos se convertían en hombres altos, de anchos hombros y estrechas caderas, de músculos redondos, de mandíbulas delgadas con ojos claros y firmes y rostros bronceados. Los vio convertirse en cazadores y vaqueros, en lo que se prometió hacer de ellos cuando eran niños que corrían y caían del banco cubierto de verdor y cuando jugaban con sus animalitos predilectos. George era un ganadero nato. Abe, el leñador, el mejor seguidor de huellas y el mejor tirador de aquella parte de Arizona.
Grant fue el vaquero, el hombre más duro para cabalgar, el más infalible lacero que había desde el Cibeque hasta el ferrocarril.
Y del mismo modo y casi con tan grande satisfacción, Huett vio que su pequeña manada, cuidadosamente atendida y guardada, formaba el núcleo de una ganadería. Y contó las reses desde la primavera hasta el invierno, desde las primeras heladas hasta el primer rocío de la primavera..., celosamente, desganadamente, tristemente en las épocas de mezquindad; esperanzadamente en las estaciones que le favorecían.
