Una Mujer indomable
Una Mujer indomable —Papá, todo ha concluido para esos malditos saltamontes —dijo George—. Los patos los perseguirán hasta que hayan eliminado al último de todos. Ya sabes que a los patos les agradan los jugosos saltamontes casi tanto como gusta a Abe la torta de manzanas.
—En tal caso, ¡adiós los saltamontes! —dijo Bárbara riendo.
Llegaron a un punto en que la selva se proyectaba en el terreno descubierto. Abe se detuvo allÃ.
—Creo que no debemos avanzar más —dijo cuando los demás se hubieron unido a él—. Algunos de esos tÃmidos patos han comenzado a mirar hacia atrás. No quiero asustar a esa bandada... ¿No es regocijante, papá?
¿No están esos patos realizando una gran labor en beneficio nuestro?
—Tan grande, hijo mÃo, que voy a quedarme aquà un poco más —contestó fervientemente Logan—. Volveos todos vosotros. Mamá tiene aspecto de hallarse cansada. Hemos andado más de un par de millas. ¡Y todo solamente para ver una bandada de patos silvestres!
—Logan, nada es nunca tan terrible como parece... en los primeros momentos —dijo Lucinda; y después de haberle dirigido una sonrisa, emprendió el camino de vuelta seguida de Bárbara y los muchachos.
Abe se detuvo y se volvió con una de sus raras sonrisas.
—Papá, ¿querrás pato silvestre para la cena?