Una Mujer indomable
Una Mujer indomable HabÃa caÃdo la primera nevada, que con sus blancas ráfagas, y, cubriendo de blancor los árboles fue una compensación al retraso de su llegada.
Exactamente cuando el crepúsculo invernal comenzaba a producir las primeras sombras que descendÃan desde las alturas al fondo del desfiladero, llegó Grant a la cabaña cargado de cubos llenos de leche hasta el borde.
—¿No han venido todavÃa papá y Abe? —preguntó.
—¿Cuándo han venido tan temprano de una cacerÃa? ¡Y es la primera de la temporada! —contestó su madre.
—¡Maldición! No los esperemos para cenar. ¿Qué dices, George?
El hijo mayor estaba sentado junto a la pared próxima al roto fuego que ponÃa una rosada coloración en sus delgadas mejillas. Estaba recobrándose de sus heridas.
—TodavÃa no es tarde —respondió.
—¿Dónde tenéis los oÃdos? —le interrumpió Bárbara.
—Ya oigo la voz de papá.
Lucinda habÃa oÃdo con alegrÃa aquel sonido de voz en muchas ocasiones. ¡Cuántas, cuántas veces asà habÃa sucedido! Solamente al oÃrla pudo comprender que Logan habÃa tenido una buena caza. Unas ruidosas pisadas en el pórtico precedieron a la apertura de la puerta. Logan entró, dejó el rifle apoyado en la pared y se desprendió del abrigo cubierto de nieve.
