Una Mujer indomable
Una Mujer indomable El general, que jamás habÃa sido muy ceremonioso en cuestiones de servicio, estaba sentado en compañÃa de un capitán y un sargento, descansando después del dÃa de duro trabajo, y esperando la llegada de la cena.
—No sé cómo tomará esto el viejo jerónimo —murmuró Crook.
—TodavÃa no ha dicho la última palabra ese piel roja —replicó enfáticamente Willis—. Abandonará cualquier dÃa su actitud de reserva, y ese dÃa... ¡tendremos contratiempos y disgustos!
—Me alegro de no haberme visto obligado a matar a ninguno de esos apaches.
—Hemos tenido suerte, general. Estoy seguro de que McKinney habrá de quemar mucha pólvora antes de que consiga detener a Matazel y sus valientes. Son jóvenes peligrosos.
—¿Conoce usted a Matazel, sargento? —preguntó Crook.
—Lo he visto. Es un joven alto y fuerte. Es el único indio que conozco que tenga los ojos grises. Dijo que es uno de los hijos de Jerónimo.
—McKinney no tolerará que se burlen de él —añadió Willis—. Esta vez los tiene bien cogidos y dominados. Huett conoce bien esta región. Y seguirá sus huellas hasta hallarlos ocultos en la profundidad de algún bosque.
