Una Mujer indomable
Una Mujer indomable Era una tarde de otoño, cuando el calor del veranillo de San MartÃn y la melancólica quietud de la estación se cernÃan sobre el valle hasta mucho después de que la oscuridad enmantelase el desfiladero.
George y Grant habÃan regresado de Flag pletóricos de noticias relacionadas con la guerra de Europa, que habÃa entrado ya en su tercer año. Recluidos como estaban en su desfiladero, la guerra no los habÃa afectado hasta aquel momento. Pero a medida que transcurrÃa el tiempo y América parecÃa próxima a caer envuelta en la maraña bélica, los jóvenes discutieron la cuestión con creciente interés.
Lucinda no podÃa comprender por qué una guerra que se libraba en la lejana Europa podrÃa atraer con tanta fuerza a sus hijos y a su esposo.
—Sucede porque son hombres, Bárbara —dijo a la joven, que tenÃa fija la mirada de unos ojos abiertos como dos abismos en la noche sobre Abe—. Ha fascinado hasta al propio Abe... Los hombres prefieren luchar a comer.
—Pero, escucha, mamá —dijo Bárbara.
Huett levantó la mirada, que tenÃa puesta en el papel que habÃa extendido sobre las rodillas. En sus ojos grises podÃa verse su antigua y relampagueante expresión. Lucinda observó que no era la primera página del periódico lo que más reclamaba su atención.
—Ganado, trigo, algodón, maÃz..., todo continúa subiendo —dijo ruidosamente.
