Una Mujer indomable

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XIV

Era una tarde de otoño, cuando el calor del veranillo de San Martín y la melancólica quietud de la estación se cernían sobre el valle hasta mucho después de que la oscuridad enmantelase el desfiladero.

George y Grant habían regresado de Flag pletóricos de noticias relacionadas con la guerra de Europa, que había entrado ya en su tercer año. Recluidos como estaban en su desfiladero, la guerra no los había afectado hasta aquel momento. Pero a medida que transcurría el tiempo y América parecía próxima a caer envuelta en la maraña bélica, los jóvenes discutieron la cuestión con creciente interés.

Lucinda no podía comprender por qué una guerra que se libraba en la lejana Europa podría atraer con tanta fuerza a sus hijos y a su esposo.

—Sucede porque son hombres, Bárbara —dijo a la joven, que tenía fija la mirada de unos ojos abiertos como dos abismos en la noche sobre Abe—. Ha fascinado hasta al propio Abe... Los hombres prefieren luchar a comer.

—Pero, escucha, mamá —dijo Bárbara.

Huett levantó la mirada, que tenía puesta en el papel que había extendido sobre las rodillas. En sus ojos grises podía verse su antigua y relampagueante expresión. Lucinda observó que no era la primera página del periódico lo que más reclamaba su atención.

—Ganado, trigo, algodón, maíz..., todo continúa subiendo —dijo ruidosamente.


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