Una Mujer indomable

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XVII

Lucinda no se sorprendió menos de las aberraciones mentales de Logan que de lo mucho que había cambiado de aspecto. Semejaba el espectro del viril y robusto gigante que había sido. Y hasta olvidaba los encargos que se le confiaban. Cuando llegaba a la casa procedente de la ciudad solía despedir un aliento de alcohol. Lucinda comprendió con creciente angustia que Logan se había trastornado. Durante toda su vida se había inclinado en exceso hacia una sola dirección; entonces, cuando aconteció la catástrofe más grande de su existencia, se había curvado hacia el otro lado y estaba a punto de derrumbarse.

Lucinda había comprendido algo de esto cuando Logan regresó de Washington y ella le rogó que las llevase a «Sicómoro». Si había algo que pudiera salvar a Logan, era la acción, el tener algo en que emplearse, el disponer de trabajos que apartasen su imaginación de las torturas actuales y la llevasen hacia los antiguos canales del hábito. Antes de sufrir aquel golpe, a pesar de sus sesenta años, Huett se hallaba en la cúspide de una magnífica vida física. En el caso de que permaneciese en Flagg, de que pasase las horas ociosamente en las tabernas y en los rincones, de que se sentase para mirar a nada y sin ver, no vivirá ni siquiera el resto del año.


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