Una Mujer indomable

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III

Lucinda despertó a una hora imprecisa de la noche; salió de un sueño en que veía un lugar desconocido y desvaído por el que caminaba vestida con su traje de hombre a través de unas calles desiertas, en que resonaba el eco de sus pasos. La noche estaba completamente oscura y tan silenciosa como una tumba. Los grillos, el arroyo, el viento, todo había interrumpido sus sonidos. Lucinda tenía frío, a pesar de las mantas. Y permaneció tumbada, estremecida, en tanto que el negro dosel de los árboles se teñía de una débil coloración gris. Al cabo de poco tiempo, oyó unos aullidos penetrantes y fantásticos, rudos y amedrentadores.

Llegó el alba. El sonido de un hacha y un ruido de madera desgajada dijeron a Lucinda que Logan había comenzado su trabajo. Lucinda se enderezó hasta quedar sentada y experimentó un impulso que la encauzaba en dirección a él. Pero la frialdad del aire la obligó a cambiar de propósito.

Cuando oyó el restallido de un fuego, apretó las mantas y se agachó para buscar las botas. Después de haberse atado la segunda, se dio cuenta de que tenía los dedos ateridos. Se puso el abrigo, cogió su saquito de mano y salió.


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