Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Para mà todos los pueblos eran iguales, toda la gente más o menos de la misma laya y los recuerdos que tenÃa de aquellos ambientes, presurosos e inútiles, me causaban antipatÃa.
Marcó el reloj el medio dÃa y, por un pasadizo angosto, pasamos del despacho de bebidas al comedor, más tranquilo.
En un lugar sombreado, nos sentamos a comer.
HabrÃa en todo unas veinte mesas, con manteles manchados por violáceos recuerdos de vino. Los cubiertos eran de un metal dudoso y los tenedores tenÃan torcidas las puntas, de tanto pegar contra las lozas rudas, en busca de algún bocado esquivo. Los vasos eran de vidrio espeso y turbio. En el vasto recinto bostezaba una desesperante atonÃa. [163]
El mozo nos saludó con una sonrisa de complicidad, que no alcanzamos a comprender.
Tal vez le pareciera una excesiva calaverada para dos paisanos, eso de almorzar en la
«Fonda del Polo».
-SÃrvanos de lo que haya -ordenó don Segundo.