Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra -¡Adiós, matrero viejo. Quiera Dios que el pampero te avente con tuito el pulguerÃo y tus penas de bichoco y tus diablos y brujerÃas! [207]
Al caer la tarde, después de haber andado unas ocho leguas por la misma pampa triste y haber comido un resto de carne asada, que yo traÃa a los tientos, avistamos la gente de la población que hacÃa tiempo venÃamos contemplando, gozosos por su verdor fresco. Allà siquiera habÃa unos sauces, unos perros, un corralito y unos dueños de casa.
Otros paisanos llegaban ya para el trabajo del dÃa siguiente. De lejos nos veÃamos entre nuestras tropillas, mudar de caballo, preparándonos lo mejor posible. Agarré mi moro, crédito para el rodeo, porque no querÃa andar fallando. Le acomodé el tuse, lo desranillé y habiéndole puesto los cueros, caà al rancho [208] cortando chiquito al compás de la coscoja.
Ya cruzábamos algunas palabras con los paisanos, en el palenque. Nos mirábamos los caballos ponderándolos cortésmente:
