Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Si al recibir mi campo de manos de don Leandro, hubiera seguido mi sentir, andaría
[387] aún dejando el rastro de mi tropilla por tierras de eterna novedad. Dos cosas me decidieron entonces a cambiar de parecer: los consejos de mi tutor, apoyados en claras razones, y el refuerzo que de éstos me llegaban por boca de mi padrino. Más sólido argumento, fue recibir de don Segundo la aceptación de quedarse en el campo.
Casi demás está decir que, los dos primeros años, viví en el rancho de mi padrino. Desde mi llegada, por cierto, no miré a la casa principal como residencia de elección. Conservaba yo muy vívido un instinto salvaje, que me hacía tender cama afuera y escapar de todo encierro. También continué levantándome al alba y acostándome a la caída del sol, como las gallinas.
La casa grande y vacía, poblada de muebles serios como mis tías, no me veía más que de paso. Seguían sus vastos aposentos siendo del otro hombre, cuya memoria no podía acostumbrarme a encarar como la de un padre. Y, además, me parecía que también ella se iba a morir, significando su presencia sólo un recuerdo frío. De haberme atrevido, [388] la hubiera hecho echar abajo, como se degüella, por compasión, a un animal que sufre.