Don Segundo Sombra
Don Segundo Sombra Mi humor no era el de siempre; sentÃame hosco, huraño, y no habÃa querido avisar a mis habituales compañeros de huelga y baño, porque preferÃa no sonreÃr a nadie ni repetir las chuscadas de uso. [10]
La pesca misma pareciéndome un gesto superfluo, dejé que el corcho de mi aparejo, llevado por la corriente, viniera a recostarse contra la orilla.
Pensaba. Pensaba en mis catorce años de chico abandonado, de «guacho», como seguramente dirÃan por ahÃ.
Con los párpados caÃdos para no ver las cosas que me distraÃan, imaginé las cuarenta manzanas del pueblo, sus casas chatas, divididas monótonamente por calles trazadas a escuadra, siempre paralelas o verticales entre sÃ.
En una de esas manzanas, no más lujosa ni pobre que otras, estaba la casa de mis presuntas tÃas, mi prisión.
