Juan Moreira
Juan Moreira A esa hora perezosa y ardiente en que todo el mundo se entregaba al reposo, en que es un fenómeno hallar un hombre que se atreva a cruzar el campo bajo los abrasadores rayos del sol, Moreira tendÃa su manta de vicuña al lado de su caballo, sacaba sus armas del tirador, poniéndolas sobre el poncho, se tendÃa de barriga y se hacÃa, con los brazos cruzados, una almohada sobre las armas, cuyas engastaduras venÃan a quedar bajo sus manos.
AllÃ, en aquella actitud, con el perro echado al lado de su cabeza y la rienda del parejero atada en el antebrazo, el paisano se entregaba por completo al reposo, confiando en la vigilancia del Cacique.
El lejano galope de un caballo, la proximidad de un animal cualquiera, era suficiente para que el Cacique gruñera de una manera amenazadora y dejara oÃr su ladrido agudo y penetrante.
Entonces Moreira se ponÃa de pie como movido por un resorte, con las armas en la mano y en actitud de combate.
ParecÃa que el Cacique conocÃa que la vida de su amo dependÃa en aquellos momentos de su vigilancia, pues se le veÃa de cuando en cuando abandonar su sitio de reposo en la cabecera de Moreira y dar una pequeña vuelta, como explorando los alrededores.