Juan Moreira
Juan Moreira Moreira, siempre negándose a huir como se lo aconsejaban Marta y Santiago, permaneció en el rancho esperando la vuelta del amigo Julián, que ya tardaba mucho.
Los dÃas pasaron asÃ, esperando, sin que el amigo Julián diera señales de vida, lo que hacÃa agolpar al espÃritu del paisano mil dudas agitadas.
¿HabrÃa muerto Vicenta?, ¿habrÃa sucedido una desgracia al pequeño Juan?, ¿habrÃan mandado a ambos a la cárcel de Buenos Aires a pagar sus culpas y delitos? Estas dudas tenÃan sumido al paisano en una amarga ansiedad; hubiera sacrificado su libertad misma, a trueque de tener noticias tranquilizadoras de aquellos desgraciados.
Moreira pasaba el dÃa entregado a estas cavilacianes; no comÃa, tomando por único alimento el eterno mate, sin cuyo desayuno un paisano es completamente hombre al agua.
A la noche daba de comer al caballo, que estaba siempre ensillado, aunque con la cincha floja; daba de comer al inseparable Cacique y extendÃa su manta al lado del overo bayo, donde se echaba a reposar, en su actitud favorita, con las manos sobre las armas y la cabeza sobre la almohada que le venÃan a formar los brazos asà doblados.
