Juan Moreira
Juan Moreira La voz de Moreira habÃa sido reconocida por Vicenta que, sabiendo que su marido habÃa muerto, creÃa que aquélla era su ánima que andaba penando, según aquella gente humilde e ignorante, esclava de mil preocupaciones y agüerÃas que creen a puño cerrado.
—¡Animas benditas! —exclamó aquella infeliz, dominada por el más profundo terror—. Es el ánima de mi Juan que anda penando —y se estrechó contra su hijo, como para protegerlo de aquella visión aterrante que habÃa aparecido en su cuarto, poniéndose a rezar precipitadamente.
Moreira se conmovió profundamente al sonido de aquella voz querida que hacÃa tanto tiempo no acariciaba su oÃdo; presentó al perro que lo acometÃa su brazo protegido por el poncho, y cuando éste mordió, el paisano le sepultó la daga al lado de la paleta, dejándolo muerto instantáneamente.
En seguida soltó la daga, oprimió entre las manos la varonil cabeza y se puso a llorar amargamente, con esa desesperación del hombre de temple de acero que se encuentra avasallado y se entrega por completo a la desesperación del dolor más Ãntimo.
Al sentir aquel llanto amargo y profundo, Vicenta se tiró de la cama al suelo, sacó una caja de fósforos de abajo de la almohada y encendió uno.