Juan Moreira
Juan Moreira Después de recibir algunas felicitaciones de los amigos, pagó el gasto hecho y salió de lo de Olazo, tomando la dirección de la plaza, como quien va al juzgado.
Los paisanos quedaron asombrados de aquel rasgo de audacia, incomprensible en un hombre contra quien las partidas tenÃan una orden de muerte.
Moreira llegó a la puerta del Juzgado de Paz, donde detuvo su caballo.
Eran más de las cuatro y el señor Marañón no estaba allà a aquella hora.
Todos los paisanos que habÃa en lo de Olazo vinieron a la plaza a ser testigos de la hombrada que, fuera de duda, iba a hacer allà Moreira.
Este se detuvo a la puerta y, encarándose con el soldado que estaba de guardia, sacó sus trabucos y con toda calma y prolijidad se puso a examinar los muelles.
—¿No está la partida en el juzgado? —le preguntó volviendo los trabucos a la cintura—. Llamá al sargento y decile que aquà está Juan Moreira, que viene a pelear.
El soldado, temblando de miedo, se metió adentro y, sin darse cuenta de lo que hacÃa, fue a avisar al sargento lo que sucedÃa, que quedó helado de espanto.
Viendo Moreira que el sargento tardaba en venir, se bajó del caballo y golpeó la puerta del Juzgado con el cabo del rebenque, gritando deseperadamente: