Juan Moreira
Juan Moreira —Me voy, señor, me voy —dijo Moreira—, y ha de ser esta noche misma. Usted es el único hombre que hay sobre la tierra contra quien yo jamás haré uso de mis armas. PermÃtame que lo quiera, patrón, y si algún dÃa quiere quedar bien prendiéndome, mándeme avisar, que yo mismo me presentaré en su casa sin armas y yo mismo me ataré para que me lleven.
—¡No seas loco! —le dijo Marañón—. Salà del partido, y que Dios te ayude.
Y al estrechar la mano que el gaucho recibió entre las dos suyas, quiso inducirlo de nuevo a que se fuera al interior, prometiendo buscar su hijo y mandárselo.
Pero Moreira desechó la propuesta con la misma decisión que las otras veces.
Estrechó la mano de aquel único ser en quien habÃa encontrado un amparo.
Dos lágrimas rodaron por sus mejillas y salió de la casa de Marañón sin decir una palabra.
Montó a caballo, gritó un triste «adiós, patrón querido» y largó su caballo a gran galope, hasta llegar al rancho donde paraba, y donde se detuvo a levantar la manta y otras prendas que habÃa dejado en casa del amigo que le habÃa ofrecido albergue.
Media hora después salÃa del pueblo al tranquito, tomando la dirección del partido del Salto.