Juan Moreira

Juan Moreira

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Blanco, sereno siempre, siempre sonriente, dio un salto atrás, descolgó del cabo de la daga su rebenque, que llevaba allí sujeto, y esperó, enrollando la lonja en la mano.

El teniente alcalde acometió de nuevo, pero con desgracia, porque el cabo del rebenque de Blanco encontró su mano derecha y el cuchillo saltó a dos varas de distancia.

En seguida Blanco desenrolló de su mano la lonja, tomó el rebenque por el cabo y dio al justicia tan tremenda rebenqueadura, que no tuvo fin hasta que aquel hombre sintió su brazo completamente fatigado.

El teniente alcalde quedó inmóvil y en un estado repugnante: su rostro se veía surcado por una cantidad de fajas cárdenas que había impreso en él la lonja del rebenque, y por entre el cuello de la camisa se veían asomar algunos vestigios de sangre amoratada y espesa.

Aquel hombre había quedado humillado y la fama de Juan Blanco había llegado al pináculo de toda ponderación fantástica.

A pesar de que él quiso hacer seguir el baile y la parranda, la gente estaba tan impresionada que poco a poco fue abandonando aquel recinto y montando a caballo.

Juan Blanco se despidió de la paisanita y de los dueños de la casa, a quienes pidió amablemente disculpas.


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