Juan Moreira
Juan Moreira —Yo no ensucio más mi daga en sangre de justicias —respondió Juan Blanco a la pregunta de por qué no lo habÃa muerto—, es gente que me da asco y para quien guardo el rebenque a falta de arriador, que, si yo cargase arriador, a talerazos los habÃa de manejar por maulas.
—Pero es bueno que usted se oculte, al menos por unos dÃas —dijeron a Blanco—, pues tenga por seguro que han de salir a buscarlo para prenderlo, pues querrán vengar de mala manera lo que usted ha hecho en el velorio, que tendrá al Juez de Paz dado a todos los diablos.
—La partida no ha de salir a buscarme —dijo insolentemente Juan Blanco—, porque los hombres se conocen en el pelo de la ropa. De todos modos —añadió con la mayor naturalidad de este mundo—, si pasan dos dÃas sin que la partida me busque, yo he de buscar a la partida y entonces nos hemos de ver lindo las caras, y prometo que ha de haber diversión para más de un mes.
Los paisanos estaban absortos al escuchar a Blanco: o aquel hombre era un contador de guayabas, lo que no podÃa ser por la muestra que habÃa dado esa noche, o era un hombre como jamás habÃan alojado en su pago los buenos habitantes del Salto.