Juan Moreira
Juan Moreira Apenas se detuvieron a la puerta, Carrizo señaló a Moreira con el cabo del rebenque, al mismo tiempo que decÃa a Cortinas:
—Aquél es el hombre.
—¡Ah, gran puerco! —gritó colérico Moreira al ver la acción cobarde de aquel canalla—. Ya te sacaré los ojos para enseñarte a ser… alcaucil.
—¡Entréguese, amigo! —dijo severamente el oficial Cortinas—. ¡Entréguese a la policÃa de Buenos Aires, pues tengo orden de llevarlo vivo o muerto! Al decir esto, el digno oficial habÃa avanzado hasta el borde de la mesa, dejando la puerta guardada por los vigilantes.
—¿Y por qué me he de entregar? —preguntó Moreira con toda naturalidad—. ¿Quién es el comedido que cree que yo ando de más como un ocho de la baraja?
—Yo no sé nada ni tengo que darle cuenta de nada —replicó el oficial—; entréguese usted preso por orden del jefe de policÃa, o lo tomo yo.
—Pues, caballeros —replicó Moreira con cierta sorna—, vamos a ver cómo se hamacan. —Y rápido como una centella levantó de sus rodillas el poncho y de un vigoroso ponchazo hizo volar la lámpara, que fue a estrellarse contra la pared, dejando la pieza en una densa oscuridad.