Juan Moreira
Juan Moreira —¡Ahora sà que soy hombre muerto! —dijo Carrizo echándose en brazos del miedo más descomunal—. ¿Quién me meterÃa a pata grande? —concluyó, lanzando una especie de gemido que no pudo oÃr Cortinas sin soltar una graciosa carcajada, a pesar del espantoso estado en que estaba su espÃritu al pensar en el ridÃculo en que habÃa caÃdo, al ser burlado por aquel hombre a quien con tantas precauciones fue a aprehender.
Restablecida la luz de la pieza, Cortinas juntó a su gente, sumamente triste, haciendo que se retiraran de su puesto los soldados con quienes habÃa hecho rodear la casa, pensando cuerdamente que, en caso de huir, Moreira lo hiciera por los fondos o saltando la pared del patio.
Recién entonces pudo apercibirse del estrago que entre su gente habÃan causado los trabucazos; un vigilante estaba en el suelo, revolcándose en su propia sangre, mientras otro daba fuertes alaridos, a causa de un proyectil que le habÃa penetrado en el hombro derecho, rompiéndole la clavÃcula.
Cortinas, después de ordenar su gente, se fue al juzgado con la intención de esperar el dÃa siguiente para ver si volvÃa a hallar al gaucho, a quien se prometÃa esta vez no dejar escapar, pues pensaba apretarlo sobre tablas, sin siquiera darle tiempo a hacer el menor ademán.