Juan Moreira
Juan Moreira SolÃa mamarse con mucha frecuencia y, cuando el alcohol habÃa aflojado bien sus piernas haciéndole perder la razón por completo, el Cuerudo montaba en su mancarrón viejo y salÃa a pelear la partida para dar una prueba de su valor y proporcionarse un rato de gusto que en estos casos, según decÃa, se lo pedÃa el cuerpo.
Como el Cuerudo peleaba a la partida en aquel estado de completa embriaguez, siempre salÃa hachado en varias partes, hachazos que curaba cristianamente de cabeza en el cepo, que era como el Juez de Paz castigaba sus atropellos y desacatos a mano armada a la autoridad, pero al poco tiempo volvÃa a incurrir en la misma.
A los ocho dÃas de cepo, que el Cuerudo sufrÃa con gran resignación, empezando por convenir que habÃa merecido aquel castigo, era puesto en libertad en consideración a que era un hombre bueno y que las peleas con la partida sólo tenÃan lugar cuando estaba completamente dominado por la influencia del alcohol.
Cuando salÃa del juzgado, su primera operación era irse al campo y tenderse al rayo del sol durante la siesta, y si alguno le preguntaba qué estaba haciendo allà y qué objeto tenÃa el estar recibiendo sobre los lomos los ardientes rayos del sol, el Cuerudo reÃa mostrando sus dientes blanquÃsimos y replicaba naturalmente:
—Estoy haciendo secar estas lastimaduras para que no me entre pasmo y tenga que entregar sin ganas mi cuerpo al diablo.