Juan Moreira
Juan Moreira Y era verdad, ya Moreira no podía esperar nada que alegrara su vida.
Su cabeza, codiciada por todas las partidas de plaza y policía de Buenos Aires, no merecía para él la pena de defenderla, porque esperaba que la muerte apagaría de una vez para siempre la tormenta de martirios que rugía en su alma.
Su mujer, a quien tanto había idolatrado, se había ido en compañía de su hijo, que era el único lazo que lo ligaba a la vida, y de aquel hombre odiado que había podido escapar a la venganza cuando la creía más segura.
Moreira, pues, como decía, no peleaba por defender la vida; deseaba que lo matasen, pero que lo matasen como él debía morir; rodeado de cadáveres de policianos y oficiales de partida.
Ya no dormía como antes, al lado de su caballo ensillado, que debía ser su salvación en esos casos de apuro. Poco le importaba quedar a pie con tal de tener al frente bastantes enemigos con que combatir y sobre quienes disparar sus trabucos.
Moreira sabía que La Estrella estaba vigilada, que la menor imprudencia podía hacerlo caer en una celada que tal vez le fuese fatal, pero no dejaba de ir allí y pasaba dos o tres días, según andaba el humor y el bolsillo.
