Juan Moreira
Juan Moreira El dÃa cuatro de mayo, como a las tres de la tarde, entró en el pueblo de Lobos un paisano de aspecto humilde, montando un magnÃfico caballo zaino colorado.
Aquel hombre tenÃa la cabeza abatida sobre el pecho, como cediendo al peso de una horrible desgracia, y no se preocupaba de apurar el pesado tranco de su caballo.
El paisano, siempre triste, con la mirada inmóvil sobre la cabeza de su pobre apero, atravesó el pueblo por la calle principal y recién al llegar a la plaza alzó la cabeza, dejando ver una mirada inteligente empañada por el dolor que se revelaba en su actitud sombrÃa y lúgubre ademán.
Levantó la cabeza, decimos, y miró a todos lados como para orientarse en el camino que debÃa seguir, camino en que le parecÃa no estar muy seguro, pues desmontó en un almacén y preguntó por dónde se podÃa ir al cementerio.
Uno de los gauchos que habÃa en el almacén salió e indicó al paisano el camino que debÃa seguir, mirando con extrañeza a aquel desconocido que se alejó sin siquiera dar las gracias por el servicio recibido, descomedimiento que el gaucho atribuyó a la pena en que aquel hombre parecÃa ir sumido.
