Juan Moreira
Juan Moreira Moreira marchaba conteniendo los brÃos de su fogoso animal, con la habilidad del jinete que sabe no disponer más que de una sola cabalgadura, y le da resuellos largos cada dos leguas, tratando de conservarla en estado de poder bajarle la rienda con confianza.
Asà galopó esa noche y la mañana siguiente.
A la hora de la siesta desmontó, aflojó la cincha al noble animal y le sacó el freno, que sujetó al fiador, para que el caballo pudiera almorzar con toda comodidad.
En seguida tendió en el suelo su lujosa manta de vicuña y se echó sobre ella, de barriga, para reposar la larga jornada.
Para hacer esta operación, habÃa elegido una especie de cicutal, algo retirado del camino, donde sin ser visto, podÃa él observar a las personas que pasaban.
Le faltarÃan unas ocho leguas para llegar a su rancho donde era esperado por la justicia.
Allà se puso el paisano a reflexionar sobre el cambio radical que en tan poco tiempo habÃa experimentado en su posición.
Hacia muy pocos dÃas que era un hombre estimado de todo el partido: vivÃa feliz con su mujer y su hijito, sin que nadie tuviese que tacharle el menor acto de su vida, y hoy se veÃa errante y perseguido por la justicia a quien habÃa provocado.
