Las Minas del Rey salomón

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Capítulo VII

El camino de Salomón

Cuando salimos de la cueva nos detuvimos vacilantes y puerilmente sobrecogidos. Después de un corto instante, dijo sir Enrique:

—Voy a entrar otra vez.

—¿Para qué? —preguntó Good.

—Porque se me ha ocurrido que ese cadáver pudiera ser el de mi hermano.

Era esta una razonable idea y, para salir de dudas nos deslizamos de nuevo dentro de la tenebrosa caverna. Al pronto, nuestras pupilas, contraídas por la deslumbrante blancura de la nieve, nada podían distinguir; pero poco a poco fueron acostumbrándose a aquella media obscuridad, y nos aproximamos al cadáver.

Sir Enrique, poniéndose de rodillas junto a él, le examinó el rostro con ansiosa mirada, y lanzando un suspiro de satisfacción, dijo:

—¡Gracias, Dios mío, no es mi hermano!

Entonces me acerqué a mi vez y pude examinarlo. Era el helado y rígido cadáver de un hombre de elevada estatura, facciones aguileñas, algo gris el cabello, negro el largo bigote y aproximadamente en la mitad de su vida. Su piel amarilla, estaba completamente extendida sobre los huesos, y el cuerpo, absolutamente desnudo, con la excepción de unos harapos que envolvían sus pies, al parecer restos de un par de calcetines de lana, y un crucifijo amarillo de marfil, atado a su cuello.


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