Las Minas del Rey salomón

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Capítulo XVII

El tesoro de Salomón

Mientras nosotros, dominando la terrible impresión que aquel lugar nos produjo, examinábamos las maravillas que lo ocupaban, Gagaula se empleaba en distinta operación. De una u otra manera, que no le faltaba agilidad cuando quería, se había encaramado sobre la mesa y se acercó al cadáver de su amigo Twala sin duda para ver, según sugirió Good, cómo se iba «curtiendo» o con algún otro horrible designio. Después, apoyada en su bastón, retrocedió, deteniéndose aquí y allá para dirigir expresiones que no pude comprender, a cada uno de los petrificados cuerpos, exactamente con el tono que uno emplea al saludar a sus viejos amigos. Habiendo terminado esta misteriosa y horrible ceremonia, se puso en cuclillas bajo la Blanca Muerte y comenzó, por lo que nos fue dable juzgar, a ofrecerle sus oraciones. La vista de esta malvada criatura, dirigiendo sus súplicas, inicuas sin duda, al más implacable enemigo del género humano, era tan desagradable que nos obligó a precipitar y terminar nuestra inspección.

—Ahora, Gagaula —le dije en voz baja, en aquel sitio uno no se atrevía a hablar alto— condúcenos a la cámara de las piedras.

La vieja avanzó apresuradamente a gatas por el borde de la mesa y se deslizó al suelo.

—¿Mis señores no tienen miedo? —preguntó mirándome de soslayo.


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